Comencé mis estudios de teatro en el siglo pasado, allá por los años setenta. Durante dieciocho años recorrí diversos escenarios y desempeñé toda clase de tareas: actué a diario y, en ocasiones, los domingos y feriados hacía dos funciones, principalmente como mimo. En ese tiempo organicé una escuela donde enseñé y fundé también la compañía Sociedad del Silencio, con la que creé, coreografié y dirigí numerosos espectáculos. A mediados de los años noventa decidí dejar definitivamente la actuación para convertirme en empresario, representando artistas y produciendo eventos.
Hacia el final del siglo decidí llevar una vida más «común» y cambiar de rumbo hacia los negocios. Sin embargo, poco después fui convocado por el Instituto Charles Chaplin y la Escuela Nacional Superior de Arte Dramático para hacerme cargo de las asignaturas de Mimo y Expresión Corporal, respectivamente; más adelante, otras instituciones y universidades me confiaron la misma labor. Así, durante las dos décadas siguientes me dediqué a compartir mi experiencia en el teatro, escribir ocasionalmente y, sobre todo, a estudiar.
Ante la pregunta «¿Qué es el mimo?», suelo responder que es un arte. Y entiendo el arte como una realidad compleja que se sostiene sobre tres dimensiones esenciales, inseparables entre sí. La primera es la idea: ese germen inicial, la representación mental de algo que aún no existe, pero que ya habita en la imaginación del artista. La segunda es la técnica: el conjunto de destrezas que se adquieren mediante el estudio, la práctica y el dominio de ciertas reglas —en el caso del mimo, el control del cuerpo, el gesto preciso y la economía del movimiento—, sin las cuales la idea no puede convertirse en comunicación efectiva. La tercera es la creación: el acto de materialización, el instante en que, a través del cuerpo y la presencia escénica, el artista hace surgir algo nuevo, visible y sensible para el espectador. El mimo participa plenamente de esta triple dimensión: nace de una idea, se construye con técnica y se realiza como creación.
En cuanto a por qué elegí ser mimo, mi respuesta es «sencilla», aunque en esa sencillez se oculte una verdad fundamental: interpretamos el mundo visible e imaginamos aquello que no lo es. Cuando nos centramos en la realidad —en lo que podemos observar, medir y comprobar— buscamos el origen, la causa y el sentido de las cosas. Esa tensión por comprender el mundo desde la razón, organizada con rigor, construye el cuerpo de la ciencia. Pero existe otra vertiente en nosotros: cuando nos entregamos a la imaginación, algunos no podemos resistirnos a ser gobernados por esa tirana que manipula situaciones y distorsiona nuestras ideas. Esa fuerza desbordada genera un incesante diálogo interior, un rumor de imágenes y escenas que, en la mayoría de las personas, podría conducir a la locura. Sin embargo, por razones que desconozco —quizá un accidente afortunado, quizá una inclinación temprana— algunos logramos convertir ese caos en mundos posibles: no para padecerlos, sino para habitarlos y ofrecerlos. Digo que es una explicación «sencilla» porque, al fin y al cabo, la ciencia no existe sin imaginación —toda hipótesis nace de un acto creativo—, del mismo modo que el arte no se sostiene sin método, sin esa disciplina que convierte la fantasía en obra. En ese equilibrio inestable se encuentra, para mí, el oficio del mimo.
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¿Enseño mimo?
Ocasionalmente, a grupos pequeños; tres o cuatro participantes.
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